Resumen:
La fundación del Centro de Matemáticas
Gustavo de la Rosa Muruato
Fue en el verano de 1982. Javier Enríquez invitó personalmente a va-
rios profesores de la Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ) para
asistir a un curso de matemáticas en la Maestría en Matemática Edu-
cativa de la Universidad Autónoma de Guerrero (UAGro). Durante un
evento internacional en matemáticas, Javier Enríquez y Octavio Esco-
bar conocieron a Efrén Marmolejo y a otros docentes de la Maestría en
Matemática Educativa de la UAGro. El curso al que nos invitaban sería
impartido por Víctor Espino, un español de las Islas Canarias, candi-
dato a Doctor por la Universidad de Nuevo México, Estados Unidos.
Fuimos cinco los asistentes: Javier Burnes Ortíz, Octavio Escobar Me-
dina, Juan Antonio Pérez, Javier Enríquez Félix y Gustavo de la Rosa
Muruato. El curso se desarrolló, en la ciudad de Chilpancingo, durante
los meses de julio y agosto.
Nos fuimos de Zacatecas en el coche de Javier Burnes; un auto-
móvil grande y espacioso, con un potente motor que nos hacía sentir
seguros. Cuando ya íbamos por la carretera, Javier encendió la radio.
En la estación sintonizada escuchamos unos versos que nos parecie-
ron de buen augurio: «por los caminos del sur / vámonos para Gue-
rrero...» (clásica de José Agustín Ramírez Altamirano y en versión del
Dueto Caleta). Desde ese momento, cada vez que decaía la conversa-
ción o entraba en punto muerto, Javier y yo empezábamos: «por los
caminos del sur...» Con nuestros propios recursos pagamos nuestra estancia en la ciu-
dad de Chilpancingo. Trabajábamos todo el día. Algunos alimentos los
tomábamos en casa de Efrén Marmolejo, disfrutando la cordialidad
de su familia y la deliciosa gastronomía local. Después nos íbamos a la
maestría. Víctor nos daba clases una o dos horas y luego trabajábamos
por nuestra cuenta el resto de la mañana y toda la tarde.
Debo decir que las clases de Víctor Espino eran de una calidad su-
perior que no he vuelto a encontrar ni he sido capaz de reproducir.
Estudiamos los primeros capítulos del “Tomo I” del Calculus de Tom
M. Apostol. Víctor nos exponía el tema de manera cualitativa y, poste-
riormente, nosotros hacíamos todos los cálculos teóricos. Eran confe-
rencias en verdad magistrales, con apenas algunos símbolos matemáti-
cos. La claridad de las ideas, de los teoremas y sus demostraciones era
asombrosa, sugerente y persuasiva y de una calidad pedagógica difícil
de superar. Enseguida nosotros debíamos ejecutar todas las operacio-
nes técnicas, explicitando hasta el mínimo detalle de las demostracio-
nes con el más riguroso simbolismo matemático. Después debíamos
resolver algunos problemas escogidos. Para el final del curso habíamos
resuelto todos los problemas propuestos en los capítulos que fueron
el objeto de éste. Yo me di cuenta que, hasta ese curso esclarecedor, no
sabía matemáticas, a pesar de estar considerado –al igual que todos mis
compañeros– un buen profesor de matemáticas.
El entusiasmo que nos impulsaba nos hacía soportar las precarias
condiciones materiales de nuestra estancia. La universidad nos permi-
tía dormir en un austero barracón con literas. Por eso preferíamos pasar
el día en las modernas y muy funcionales instalaciones de la Maestría
en Matemática Educativa. Entre nosotros el ambiente era de camarade-
ría, de cooperación, con mucho buen humor y bromas que estimulaban
lo mejor de nuestra convivencia.